El catafalco de Alejandro Magno

Tal día como hoy de hace 2.341 años moría Alejandro Magno a la edad de 32 años. En conmemoración de esta efeméride hoy hablaremos del catafalco de Alejandro, una auténtica maravilla que por desgracia no nos ha llegado nada más que a través de descripciones de testigos.

En 321 aC, casi dos años después de la muerte de Alejandro, se completó la construcción del catafalco, que transferiría los restos de Alejandro de Babilonia hasta Macedonia, en contra del deseo expreso de Alejandro de descansar en el oráculo de Amón.

Mientras el mundo es asolado con intrigas y sacudidas y a medida que sus generales desgajaban pedazos del imperio, oro y piedras preciosas de incalculable valor iban a parar al taller en el que los artesanos griegos perfeccionaban una carroza fúnebre digna de su destinatario.

Se aceptó, cual si fuera una ley de la naturaleza, que el catafalco no debía ser superado en memoria, historia y leyenda.

El féretro era de oro y el cuerpo que contenía estaba cubierto de especies preciosas. Los cubría un paño mortuorio púrpura bordado en oro, sobre el cual se exponía la panoplia de Alejandro. Encima, se construyó un templo dorado. Columnas jónicas de oro, entrelazadas con acanto sustentaban un techo abovedado de escamas de oro incrustadas de joyas y coronado por una relumbrante corona de olivo en oro que bajo el sol llameaba como los relámpagos. En cada esquina se alzaba una Victoria, también en noble metal que sostenía un trofeo.
La cornisa de oro de abajo estaba grabada en relieve con testas de íbice de las que pendían anillas doradas que sustentaban una guirnalda brillante y policromada. En los extremos tenía borlas y de estas pendían grandes campanas de timbre diáfano y resonante. Bajo la cornisa habían pintado un friso. En el primer panel, Alejandro aparecía en un carro de gala, con un cetro realmente espléndido en las manos, acompañado de guardaespaldas macedonios y persas. El segundo representaba un desfile de elefantes indios de guerra; el tercero, a la caballería en orden de combate, y el último, a la flota. Los espacios entre las columnas estaban cubiertos por una malla dorada que protegía del sol y de la lluvia el sarcófago tapizado, pero no obstruía la mirada de los visitantes. Disponía de una entrada guardada por leones de oro.
Los ejes de las ruedas doradas acababan en cabezas de león cuyos dientes sostenían lanzas. Algo habría inventado para proteger la carga de los golpes. La estructura era acarreada por 64 mulas que, en tiros de cuatro, estaban uncidas a cuatro yugos; cada mula contaba con una corona dorada, un cascabel de oro colgado de cada quijada y un collar incrustado de gemas. Los testigos presenciales de esta maravilla, afirmaban que era más soberbio visto que descrito.


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