Fuente de la Eterna Juventud

Las primeras expediciones militares del joven rey le llevaron hasta Delfos, sede del famoso oráculo, donde escuchó una profecía presagiándole la fama, pero una corta vida. Sin dejarse afectar por esta profecía, Alejandro partió, tal como harían los españoles 1.800 años más tarde. en busca del Agua de la Vida y de la Eterna Juventud. Para conseguirlo dirigió sus pasos hacia el Este, que era de donde habían venido los dioses, tales como Zeus, que salió de Tiro, atravesó el Mediterráneo a nado y llegó a la isla de Creta; Afrodita, que también llegó a la isla desde el mar; Poseidón, que vino desde Asia Menor, trayendo consigo el caballo; o Atenea, que trajo a Grecia el olivo originario de Asia occidental.

Y según los historiadores griegos, que habían influido mucho en Alejandro, las Aguas de la Eterna Juventud  se hallaban en Asia. Entre las obras que había leído figuraba la que se refería a la historia de Cambises, el hijo del rey Ciro, de Persia, que atravesó Siria, Palestina y el desierto de Sinaí para atacar Egipto. Y después de derrotar a los egipcios, Cambises los trató con gran crueldad y profanó el templo del dios Amón. A continuación se dirigió hacia el Sur y atacó a los etíopes. Al describir esos eventos, el famosos historiador Herodoto escribió un siglo antes de Alejandro: “Los espías de Cambises partieron para Etiopía bajo el pretexto de que llevan presentes para el rey, pero su verdadera misión era anotar todo lo que veían y que especialmente observaran si existía en aquel país aquello que es llamado como la Mesa del Sol”. Los emisarios persas interrogaron al rey etiope sobre la longevidad de su pueblo. Y confirmando los rumores:” El rey los llevó a una fuente donde, después de que se lavaron, notaron que andaban con la piel blanda y lustrosa, como si hubieran tomado un baño de óleo. Y de la fuente emanaba un perfume como de violetas”. Cuando regresaron, los emisarios ledijeron a Cambises que el agua era tan tenue que nada conseguía flotar en ella, ni madera u otras substancias ligeras; en ella todo se hundía. Y Herodoto concluyó: “Si el relato sobre esa fuente es verdadero, entonces sería el uso del agua que de ella vierte que los hace (a los etíopes) tan longevos”.

La leyenda de la Fuente de la Juventud en Etiopía y la profanación del templo de Amón por parte de Cambises influyeron mucho en las aventuras de Alejandro. La importancia de la profanación del templo de Amón estaba relacionada con los crecientes rumores de que el joven rey no era hijo de Filipo, sino fruto de una unión entre su madre, Olimpia, y el dios egipcio Amón. Las tensas relaciones entre Filipo y Olimpia contribuían a reforzar esta sospecha. Y según los relatos en las obras de Calístenes, un faraón egipcio llamado Nectanebo por los griegos, visitó la corte de Filipo. Se dice que era un mago y adivino, y que secretamente sedujo a la reina Olimpia. Y se dice que fue el dios Amón que la visitó disfrazado de Nectanebo. Por esta razón ella habría dado a luz un semidios, hijo del dios cuyo templo Cambises había profanado. Después de derrotar a los persas en Asia Menor, Alejandro se dirigió hacia Egipto. Esperando fuerte oposición de los gobernantes persas en Egipto, se sorprendió al verlo caer en sus manos sin resistencia. Entendió que era un buen presagio y, sin perder tiempo, Alejandro se dirigió a la sede del oráculo de Amón. Según las leyendas, el mismo dios Amón confirmó su parentesco con el joven rey. Al saberlo, los sacerdotes egipcios honraron a Alejandro como su faraón. A partir de entonces en las monedas de su reino se le presentó como Zeus-Amón, ostentando un tocado con dos cuernos. En su calidad de semidios, Alejandro pasó a considerar su deseo de escapar del destino de los mortales como un derecho.

Posteriormente Alejandro dirigió sus pasos hacia Karnak, centro religioso del dios Amón. Desde el 3.000 a.C., Karnak era un gran centro religioso, con templos, santuarios y monumentos dedicados a Amón. Una de las más impresionantes edificaciones era el templo mandado construir por la reina  Hatshepsut, que vivió unos mil años antes de la época de Alejandro. Esta soberana se decía que era hija de Amón, habiendo nacido de una reina a la que el dios visitó escondido también bajo un disfraz. No se sabe que ocurrió en Karnak, pero en vez de conducir sus tropas en dirección al centro del Imperio Persa, Alejandro escogió una pequeña escolta para que lo acompañaran en una expedición hacia el sur. Todo  el mundo creyó que el rey iba a efectuar un viaje de recreo, buscando los placeres del amor. Y los historiadores de la época intentaron explicar su extraño viaje describiendo a la mujer que se suponía era su objeto del deseo. Una mujer “cuya belleza ningún hombre vivo conseguiría elogiar de manera suficiente“. Se llamaba Candace y era la reina de un país al sur de Egipto, el actual Sudán. Al igual que la historia de Salomón y la reina de Saba, esta vez fue el rey el que viajó hacia la tierra de la reina. Pero en realidad el principal objetivo de Alejandro no era la búsqueda del amor, sino conocer el secreto de la inmortalidad.

Después de una agradable estancia, la reina Candace quiso hacerle un presente de despedida y reveló a Alejandro el secreto de la localización de una “maravillosa caverna donde los dioses se congregan“. Siguiendo sus indicaciones, Alejandro encontró el lugar sagrado: “Él entró con algunos pocos soldados y vio una niebla azulada. Los techos brillaban como iluminados por estrellas. Las formas externas de los dioses estaban físicamente manifestadas; una multitud los servía en silencio. De inicio, él (Alejandro) se quedó sorprendido y asustado, pero permaneció allí para ver lo que acontecía, pues avistó algunas figuras reclinadas cuyos ojos brillaron como rayos de luz”. La visión de las  enigmáticas figuras reclinadas contuvo Alejandro, ya que no sabía si eran dioses o mortales deificados. Entonces una voz, procedente de una de las figuras,  le hizo estremecer: “Saludos, Alejandro, ¿sabes quién soy?”.  Alejandro, asustado, respondió: “No, mi señor”. Y la voz añadió: “Soy Sesonchusis, el rey conquistador del mundo, que se unió a las filas de los dioses”. Se supone que Sesonchusis era el Faraón Senusert, también conocido como Sesostris I, que reinó en el Siglo XX a.C. Sorprendentemente, Alejandro había encontrado a la persona que buscaba. Pero a pesar de que Alejandro estaba muy sorprendido, los habitantes de la caverna no parecían impresionados. Era como si hubiesen esperado su llegada. Entonces Alejandro  fue invitado a entrar para conocer al “Creador y Supervisor de todo el Universo“. Entró y “vio una niebla brillante como fuego y, sentado en un trono, el dios que una vez había visto siendo adorado por los hombres de Rokôtide, el Señor Serapis“.

Serapis, para los egipcios User-Hep,  era una deidad sincrética greco-egipcia a la que el faraón Ptolomeo I declaró patrón de Alejandría y dios oficial de Egipto y Grecia, con el propósito de vincular culturalmente a los dos pueblos. Según un texto de Tácito, Sarapis fue el dios de la cercana población de Racotis (Rokôtide) antes de que formara parte de Alejandría. Alejandro potenció el culto de Amón, pero éste gozaba de escaso afecto entre muchos egipcios, pues era el dios de Kush y de los tebanos, que eran antagonistas del Delta del Nilo. Por otra parte, Osiris, Isis y Horus eran venerados y populares en todas partes. Y mientras Ptah, el artesano, dios de la gran capital nativa de Egipto, no resultaba atractivo, el buey Apis, considerado una encarnación de Ptah, había relegado al propio Ptah. La más antigua mención de Sarapis se encuentra en la narración de la muerte de Alejandro, Según ella, Sarapis tenía un templo en Babilonia y era de tal importancia que sólo lo nombra a él al ser consultado el rey agonizante. Por otra parte, el principal dios de Babilonia era Zeus Belus (Baal Marduk), que podría haber sido asimilado a Serapis en esta ocasión. Sin embargo, se sabe que el dios sumerio Ea (ENKI) también era llamado Sarapsi, el dios del océano profundo, del aprendizaje y de la magia, y tenía un templo en la ciudad. Independientemente de si el nombre egipcio de Sarapis proviene realmente del Sarapsi babilónico, la importancia que éste tuvo en los últimos días de Alejandro podría haber determinado la elección del dios egipcio Osiris-Apis para aportar el nombre y las principales características al dios de Alejandría.

Alejandro aprovechó la oportunidad para hablar del asunto de su longevidad: “Señor, ¿cuantos años viviré?” No hubo respuesta y Sesonchusis intentó consolar Alejandro, pues el silencio del dios era suficientemente elocuente. Sesonchusis le contó que, a pesar de haberse unido a las filas de los dioses, “no tuve tanta suerte como tú, ya que nadie se acuerda de mi nombre aunque haya conquistado el mundo entero y subyugado tantos pueblos. Pero tú  poseerás gran fama y tendrás un nombre inmortal aún después de la muerte“. Y terminó confortando a Alejandro con las siguientes palabras: “vivirás al morir, y así no morirás“, queriendo decir que sería inmortalizado en la Historia. Alejandro abandonó las cavernas deprimido y continuó su viaje para buscar consejos de otros sabios en busca de la consecución de su objetivo de escapar al destino de un mortal y de podir seguir los pasos de otros que, antes que él, habían tenido éxito al unirse a los dioses inmortales. Entre aquellos que Alejandro buscaba, y que finalmente encontró, estaba  Enoc, el patriarca bíblico de los tiempos anteriores al Diluvio y bisabuelo de Noé. El encuentro se produjo en un lugar montañoso “donde está situado el Paraíso, la Tierra de los Vivos“, el lugar “en donde viven los santos“. En lo alto de una montaña vio una estructura brillante, de la que  se elevaba hacia el cielo una inmensa escalera construida con 2.500 losas de oro.

En una enorme caverna, Alejandro encontró  estatuas de oro, cada una en su propio nicho, un altar de oro y dos inmensos recipientes de oro, de unos 20 metros de altura. “Sobre un diván próximo se veía la forma reclinada de un hombre envuelto en una colcha bordada con oro y piedras preciosas y,  por encima de él, estaban las ramas de una vid hecha de oro, cuyos racimos de uva estaban formados por joyas”. Allí había un hombre, que se identificó como Enoc, y que le dijo: “No sondees los misterios de Dios“. Atendiendo al aviso, Alejandro se marchó para juntarse con sus tropas, pero no antes de recibir como presente de despedida un racimo de uvas que, milagrosamente, alimentó a todo su ejército. En otra versión de la misma historia, Alejandro encontró a dos personajes: El patriarca Enoc y el profeta Elías, que, según las tradiciones bíblicas, jamás murieron. Este acontecimiento ocurrió cuando el rey atravesaba un desierto. Súbitamente su caballo y él fueron tomados por un “espíritu” (¿??)  que los transportó a un centelleante tabernáculo (caseta o santuario), donde Alejandro vio a dos hombres. Sus rostros brillaban, sus dientes eran más blancos que leche y sus ojos tenían el fulgor de la estrella matutina. Tenían “gran estatura y buena apariencia “. Después de identificarse, le dijeron que “Dios los escondió de la muerte“. También le explicaron que aquel lugar era la “Ciudad del Granero de la Vida“, de donde brotaba la “cristalina Agua de la Vida“. Pero, antes de que Alejandro descubriera más o consiguiera beber el agua, un “carro de fuego” lo arrebató de allí y se encontró de nuevo entre sus tropas. Según la tradición musulmana, mil años después, también el profeta Mahoma fue llevado hacia el cielo montado en su caballo blanco.

¿Debemos considerar el episodio de la caverna de los dioses y otras de las historias sobre Alejandro como pura ficción o estarían basados en hechos históricos? ¿Existió realmente una reina Candace, una ciudad real llamada Shamar o un conquistador como Sesonchusis? Hasta muy recientemente esos nombres eran prácticamente desconocidos para los arqueólogos e historiadores.  No se sabía si habían formado parte de la  realeza egipcia o de una mítica región de África. Los jeroglíficos, en un principio indescifrables, sólo confirmaban la existencia de enigmas que tal vez no pudiesen ser desvelados. Y los relatos de la Antigüedad, transmitidos por griegos y romanos, se convirtieron en oscuras leyendas. Pero en 1798, cuando Napoleón conquistó Egipto, en Europa se comenzó a redescubrir aquella región. Y junto con las tropas de Napoleón llegaron investigadores que removieron la arena del desierto y levantaron el velo del enigma. Y entonces se produjo un hecho crucial: cerca de la población de Rosetta se encontró una placa de piedra con el mismo texto en tres lenguas. Allí estaba la clave para descifrar los jeroglíficos  del antiguo Egipto y los registros de los faraones. En 1820 unos exploradores europeos llegaron hasta Sudán y reportaron la existencia de antiguos monumentos, incluyendo pirámides, en un punto del Nilo llamado Méroe. Y una expedición real de Prusia descubrió impresionantes ruinas en excavaciones realizadas entre 1842 y 1844.

Entre 1912 y 1914, otros arqueólogos encontraron lugares sagrados. Los jeroglíficos indicaron que uno de ellos era llamado Templo del Sol, – tal vez el lugar donde los espías de Cambises habían visto “La Mesa del Sol“. Posteriores excavaciones,  sumadas a datos ya conocidos y la continua traducción de los jeroglíficos, llevaron a  la conclusión  de que el primer milenio a.C existió en aquella región un reino nubio, que era la bíblica tierra de Cuch. Y existió realmente una reina Candace. Las inscripciones revelaron que en sus inicios, el reino nubio era gobernado por una sabia y benevolente reina llamada Candace. Desde entonces, cada vez que una mujer ascendía al trono adoptaba su nombre como símbolo de grandeza. Y también, al sur de Méroe y dentro del territorio de ese reino, había una ciudad llamada Sennar, probablemente la Shamar mencionada en las leyendas de Alejandro. Y en lo que respecta a Sesonchusis, la versión etíope del Calístenes dice que cuando Alejandro viajó a Egipto, él y sus hombres pasaron por un lago lleno de cocodrilos. Allí, un antiguo gobernante había ordenado construir un puente para atravesar el lago. “Había una edificación en el margen del lago y sobre esa edificación quedaba un altar pagano en el cual se leía: ‘Soy Coch, rey del mundo, el conquistador que atravesó este lago’.” ¿Sería ese conquistador un soberano que había reinado sobre Cuch o Nubia? En la versión griega de esa leyenda, el hombre que había hecho el monumento para marcar la travesía del lago, descrito como parte de las aguas del mar Rojo, se llamaba Sesonchusis. De esta manera, Sesonchusis y Coch serían una única persona: un faraón que reinó sobre Egipto y Nubia.

Los monumentos nubios muestran un gobernante recibiendo el Fruto de la Vida, bajo la forma de datileras, de las manos de un “Dios Brillante“. Los registros egipcios hablan de un gran faraón que, a inicios del segundo milenio a.C., fue un gran conquistador. Su nombre era Senusret y veneraba al dios Amón. Los historiadores griegos le atribuyen la conquista de Libia, Arabia, Etiopía, las islas del mar Rojo y grandes partes de Asia, penetrando más al Este de lo que posteriormente hicieron los persas. Él también habría invadido Europa a partir de Asia Menor. Herodoto describió los grandes hechos de ese faraón, a quien llama Sesóstris, indicando que erigía pilares conmemorativos en todos los lugares por los que pasaba: “los pilares que él erigió aún son visibles“. Cuando Alejandro vio el pilar junto al lago, tuvo la confirmación de lo que el historiador griego había registrado la historia de Sesonchusis. Su nombre egipcio significa “Aquellos cuyos nacimientos viven“. Y, por ser un faraón de Egipto, tenía todo el derecho de ir a reunirse con los dioses y vivir para siempre. En la búsqueda del Agua de la Vida era importante tener la seguridad de que la exploración no sería en vano, como les había sucedido a otros en el pasado. Además, si el agua procedía de un paraíso perdido, si encontraba a los que habían estado en él sería un medio para descubrir cómo llegar hasta él.  Por esta razón  Alejandro intentó encontrar a los Antepasados Inmortales. Si realmente los encontró no es lo más relevante. Lo importante es que en los siglos que precedieron a la era cristiana, Alejandro y sus historiadores creían que esos Antepasados Inmortales realmente existían y que en tiempos remotos los hombres podían hacerse inmortales si los dioses lo permitían. Los historiadores de Alejandro cuentan varios relatos en que el joven rey se encontró con Sesonchusis, Elías y Enoc.

No se ha encontrado ninguna descripción de cómo Sesonchusis se volvió inmortal. Lo mismo es válido para Elías, el compañero de Enoc en el Templo Brillante, según una de las versiones de la leyenda de Alejandro. Elías es el profeta bíblico que vivió en Israel el siglo IX a.C., durante el reinado de Acab y Ocozias. Como indica el nombre que adoptó (Eliyah – “Mi Dios es Yahvé“), era un seguidor del dios hebreo, cuyos fieles estaban sufriendo persecución por parte de los seguidores del dios cananeo Baal. Después de retirarse a  un lugar secreto cerca del río Jordán, donde fue instruido por el Señor, Elías recibió “un manto tejido de vellos” y pudo hacer milagros. Cerca de la ciudad fenicia de Sidon, el primer milagro que realizó fue hacer que un poco de aceite y una cuchara de harina alimentasen toda su vida a una viuda que le había dado refugio. Poco después, necesitó pedir a Dios que resucitase al hijo de esa mujer, que acababa de fallecer victima de una grave enfermedad. Elías también podía convocar el Fuego de Dios, que servía para castigar a los que sucumbieron a las tentaciones paganas. Las escrituras dicen que Elías no murió en la Tierra, pues “subió al cielo en un torbellino“. Según las tradiciones judaicas, Elías continúa siendo inmortal y se le invita a visitar los hogares judíos en la víspera de la Pascua. Su ascenso al cielo está descrito en gran detalle en el Antiguo Testamento.

 

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