Alejandro Magno en la Biblia y el Corán

La figura de Alejandro y sus hazañas aparecen juzgadas, de forma desigual es cierto, en los dos libros sagrados por excelencia, la Biblia y el Corán.

El Libro de los Macabeos (1, 1-9) comienza con una nueva valoración particularmente negativa y hostil de las hazañas realizadas por el macedonio: «Alejandro el macedonio, hijo de Filipo, que ocupaba el trono de Grecia, salió de Macedonia, derrotó y suplantó a Darío, rey de Persia y Media, entabló numerosos combates, ocupó fortalezas, asesinó a reyes, llegó hasta el confín del mundo, saqueó innumerables naciones.

Cuando la tierra quedó en paz bajo su mando, él se engreyó y se llenó de orgullo; reunió un ejército potentísimo y dominó países, pueblos y soberanos, que tuvieron que pagarle tributo. Pero después cayó en cama, y cuando vio cercana la muerte, llamó a los generales más ilustres, educados con él desde jóvenes, y les repartió el reino antes de morir. A los doce años de reinado, Alejandro murió y sus generales se hicieron cargo del gobierno, cada cual en su territorio; al morir Alejandro, todos ciñeron la corona real y después sus hijos durante muchos años, multiplicando las desgracias del mundo».

Y esta hostilidad aumenta de forma considerable cuando pasamos a las visiones y profecías del Libro de Daniel referidas, según los exégetas bíblicos, a Alejandro Magno, a quien en diversos pasajes se le llama leopardo con cuatro alas de ave en el lomo y cuatro cabezas (7, 6), fiera con grandes dientes de hierro.(7, 7): «Después tuve otra visión nocturna: una cuarta fiera, terrible, espantosa, fortísima; tenía grandes dientes de hierro, con los que comía y descuartizaba, y las sobras las pateaba con las pezuñas. Era diversa de las fieras anteriores, porque tenía diez cuernos, y vi que entre ellos salía otro cuerno pequeño; para hacerle sitio, arrancaron tres de los cuernos precedentes. Aquel cuerno tenía ojos humanos y una boca que profería insolencias»; y también «macho cabrío» (8, 5-22): «Mientras yo reflexionaba, apareció un macho cabrío que venía de poniente, atravesando toda la tierra sin tocar el suelo; tenía un cuerno entre los ojos.

Se acercó al carnero de los dos cuernos, que había visto de pie junto al río, y se lanzó contra él furiosamente. Lo vi llegar junto al carnero, revolverse contra él y herirlo; le rompió los dos cuernos y el Carnero quedó sin fuerza para resistir. Lo derribó en tierra y lo pateó, sin que nadie librase al carnero de su poder.

Entonces el macho cabrío hizo alarde de su poder. Pero al crecer su poderío, se le rompió el cuerno grande y le salieron en su lugar otros cuatro orientados hacia los cuatro puntos cardinales.

…El carnero de dos cuernos que viste representa los reyes de Media y Persia. El macho cabrío es el rey de Grecia; el cuerno grande entre sus ojos es el jefe de la dinastía. Los cuatro cuernos que salieron al quebrarse el primero son cuatro reyes de su estirpe, pero no de su fuerza».

De muy distinta manera se presenta Alejandro en el Corán, que le dedica los dieciséis versículos (del 82 al 98) de la sura XVIII, conocida con el nombre de «La caverna». Allí se nos dice que se trata de una historia nueva de él, que se refiere a tres hechos de su vida fabulosa:

a) la búsqueda de la Fuente de la Vida (vers. 85-86): «Siguió su camino hasta que llegó al ocaso del Sol: encontrar que se ponía detrás de una fuente termal junto con la cual ha sido una a gentes.»;

b) El encuentro con los gimnosofistas o sabios desnudos (vers. 90): «Cuando hubo llegado a las regiones en donde aparece el sol, se elevó sobre un pueblo que no habría dado con qué tapar el cuerpo».

c) el encierro de los pueblos impuros de Gog y Magog (vers. 91-98): «luego siguió camino hasta que, cuando llegó entre los dos muros, encontró fuera de ellos unas gentes que apenas comprendían la palabra.

Dijeron: ‘¡Du-l- Qarnayn! [el de los dos cuernos, referido a Alejandro Magno] Gog y Magog extienden la corrupción sobre la tierra. ¿Te pagaremos un impuesto en la base de que pongas entre ellos y nosotros un muro?

Respondió: ‘Lo que mi señor me ha concedido es mejor. ¡Ayúdame con fuerza! Pondré entre nosotros y ellos una muralla … ‘».

Parece clarísimo que la totalidad de la sura XVIII se inspira en la Novela de Alejandro. Los dos primeros pasajes proceden de II, 9 y III, 4-5, respectivamente, y el tercero, incorporado tardíamente, del capítulo 29 del libro III. Como es sabido, Gog y Magog aparecen por primera vez en pasajes bíblicos (Génesis, 10, 2; Ezequiel, 38, 1-З, etc.) como reyes primero y, más tarde, como tribus enemigas de Israel, llegando a convertirse en sinónimo en sinónimo De bárbaros que algún día se arrastraría el mundo civilizado. A. R. Anderson ha establecido las fases de la relación ulterior entre Gog y Magog y el de Macedonia, un sable: Alejandro construye las Puertas del Cáucaso para encerrar a los bárbaros del Norte, llamados por las escitas generales; Flavio Josefo identifica a Gog y Magog con las escitas y los lugares al norte del Cáucaso; Consecuentemente, Alejandro construyó las puertas del Cáucaso para encerrar a Gog y Magog.

A partir de aquí surgió la leyenda de que Alejandro construyó un muro contra las hordas de Gog y Magog, los representantes de la amenaza bárbara, la única con la llegada de Anticristo destrozarían dicho muro y se lanzarían contra el mundo.

Esta historia no tiene gran difusión, como hemos dicho, fue interpolada en algunos testimonios de Pseudo-Calístenes (III, 29), pero su gran difusión, tanto en el mismo medio como en los países eslavos y sobre todo en el Occidente europeo se Debió a las Revelaciones del Pseudo-Metodio, obra compuesta hacia el 500 dC, originariamente en griego o siríaco, donde probablemente también sea conocida por Mahoma, y ​​más tarde vertida al latín.

Frente a la consideración cuasi satánica de Alejandro en los textos bíblicos, en el Corán es así, como bien ha señalado Paul Faure, «no como un personaje histórico, ni siquiera como un profeta, nabi, sino como una especie de mensajero divino, un ángel o un arco de la justicia divina, un todopoderoso de Dios enviado, como Miguel o Gabriel, en todo caso, sobre todo, sobre el tiempo y casi fuera del espacio, la vida y la ópera en los confines del mundo y más allá. . Es decir el rey justiciero. Mahoma responde que es el defensor de la fe. Así, la imagen que todo Oriente ha guardado de Alejandro es mucho menos el gran conquistador que el místico, el hombre de Dios que, tal como se expresa literalmente el Corán, «sigue la cuerda que conduce al cielo».

Alejandro, como buen alumno de Aristóteles, encuentra (vers. 89-90) a filósofos completamente desnudos, los gimnosofistas, con la misma información en su propio sable. Este aspecto, el de la conquista de la sabiduría, o mejor condición del hombre sabio o filósofo, ha sido puesto de relieve por Fr. De Polignac 34, para quien está en los escritos orientales, no se desglosa de sus raíces helénicas, el alumno de Aristóteles es menos conquistador que llega para imponer una ley extranjera que es el rey ilustrado y tolerante, cuya conquista suprema guía suprema guía de sus pasos a través del mundo que pacifica y unifica.

No obstante, Monserrat Abumalham, en un importante estudio sobre Hunayn, ha sostenido que el Alejandro que se introdujo por la vía coránica en la literatura árabe la participación de los mismos diferenciados que casi son incompatibles en un mismo personaje, el guerrero-rey ambicioso de poder, derivado de la fuente pagana, y el místico, cuyo motor es la fe en la defensa se enfrenta a los peligros y las aventuras y que posee un cierto carácter mesiánico-político.

Un punto de unión entre dos personajes tan antitéticos sería, según la citada autora 36, el tema de la literatura árabe, se trata de Alejandro como discípulo de Aristóteles, «Sabio» por excelencia en el mundo árabe, de tal modo que su ambición Viene justificado como ambición de sable, de conocimiento, más que de poder: «El tránsito de un Alejandro sabio y un Alejandro místico-religioso-profético tiene así avalada la posibilidad».

Los libros bíblicos, y de modo especial el Libro De Daniel, también se siente su influencia, aunque no tan abrumadora y absoluta como aquella, en muchos escritores de la Antigüedad y Edad Media

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