Cuando Dios y el Diablo se aliaron para acabar con Alejandro Magno

La Alejandreida, es una epopeya latina que Walter de Châtillon escribió sobre 1180. En el Libro 10 de esa epopeya Alejandro Magno estaba conquistando todo el mundo. Incluso planeando audazmente asediar el Paraíso y el Infierno. El Creador alarmado por la posibilidad de perder su trono celestial se aliará con su rival infernal para detener al macedonio. En esta obra se muestra una imagen de Alejandro Magno muy interesante, típica del medievo. Dios, asustado por la audacia y ambición de Alejandro, envía a la diosa Naturaleza descender al inframundo para convencer a Satán de unir fuerzas y juntos, planear una trampa mortal para Alejandro .

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Alejandro Magno en la catedral de Otranto. En su deseo de conocer el confín del mundo, Alejandro pretende sobrevolar la Tierra de las Bienaventuranzas metido en un cesto conducido por dos grifos que levantan el vuelo siguiendo un cebo que les presenta el rey en la punta de una lanza. Este tema fue representado en Oriente (de forma positiva) y Occidente (de forma negativa) con un significado ambiguo, porque es símbolo del orgullo y arrogancia del rey, pero también se puede interpretar como muestra de su inteligencia y poder.

Los relatos sobre Alejandro, «esa amalgama de mito e historia que el Medievo heredaba de la Antigüedad» (Dronke), reflejan, de un lado, la admiración por el gran héroe de la antigüedad, monarca magnífico por su valor guerrero y espléndida audacia, y, además, un príncipe educado por el sapientísimo Aristóteles; y de otro, la alocada arrogancia del conquistador que no conoce límites a sus empresas, ansioso siempre de ir más allá. Gualterio de Chatillon, en su gran poema latino Alexandreis, representa muy bien la crítica clerical a ese excesivo orgullo, la desaforada ambición aventurera del invicto conquistador, su hybris titánica. Con vibrante fuerza poética narra, a través de una fantástica escena, la temprana muerte de Alejandro como un castigo divino. Es la propia Naturaleza, personificada como una poderosa divinidad, en otras versiones es el mismo Dios. irritado por la jactancia y soberbia del joven, quien toma la decisión de poner fin a su afán desenfrenado. A tal efecto, la divina Naturaleza desciende al Infierno y allí se entrevista con Lucifer para preparar la trampa mortal que, por medio de una pérfida traición y un discreto veneno, dará muerte al joven monarca en la remota Babilonia. Es un viaje infernal estupendo que pervive con su imaginería medieval y un atractivo decorado escénico en nuestro Libro d’Alexandre. El poeta francés ha ensalzado las hazañas de Alejandro siguiendo a los autores antiguos, pero concluye su magno poema épico con una visión pesimista —que se hace eco de las censuras morales de Séneca y Lucano— sobre la ambición infinita de Alejandro.

La Naturaleza insiste, en su vehemente alegato, en que hay que detener a Alejandro, que desea quebrantar toda Asia y los confines del Oriente, «investigar las fuentes del Nilo», y las regiones de los Antípodas y «contemplar el sol de otro universo». Y, aún más, amenaza invadir el Caos Tartáreo, y, tras someter con la guerra a los señores de las sombras, se dispone a llevarse, cautivas, las almas de los muertos. Y concluye: «Por consiguiente, ¡oh caudillos de la muerte!, salid al encuentro de la enfermedad cuando está naciendo, y, a fin de que con el tiempo no se convierta en dominador del universo, cerrad el paso a su vida con la muerte!». El cónclave infernal concluye con la promesa de la Traición de preparar un mortal veneno y entregárselo a Antípatro, el general macedonio, que se encargará de suministrárselo a Alejandro. «Toda la cohorte tenebrosa lo aclamó al unísono». Y luego subió Traición desde el infierno al mundo humano y allí desempeñó puntualmente el encargo.

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¡El mar infecundo de Homero! ¡Palabras insensatas! Los hombres, Aristóteles, nunca han visto más que aguas agitadas por el viento, nunca han contemplado más que espumas centelleantes, nunca han estado sentados más que en la tapa del cofre. En cuanto apoyé la frente contra el vidrio transparente, vi, como bajo el sol que disipa las brumas de Hydaspe, un mundo fabuloso. Los cofres del mar desbordaban riquezas vivientes, más asombrosas que los mil tesoros de Susa y ofrecidas a mí envueltas en polvo de oro. Mira esta tierra desolada y maléfica de Gedrosia. Desde que el mar la cubre todo es fertilidad, belleza, frondosidades vírgenes, exuberancia. Estate seguro, Aristóteles, de que los hombres irán un día a conquistar sus riquezas y apoderarse de ellas. Por los campos de algas pasan manadas de peces a los que otros, enormes, siguen para devorarlos. El fondo del mar está cubierto de conchas, de animales que son acaso flores y de plantas que he visto transformarse en criaturas animadas, tendiendo sus garras y abriendo sus fauces. Bajo el mar ocurren cosas que mis ojos han visto sin que mi mente pueda comprender. Todo parece regido por la magia y los caprichos demenciales de dioses monstruosos (…). Romance de Alejandro.

La obra también se hace eco no sólo de la soberbia jactancia del invicto Alejandro, sino también de su audacia invencible y viajes fabulosos al mundo celeste (en el carro tirado por grifos) y al fondo del mar (en la bola de vidrio).

Esto no es más que una fantasía medieval, aunque basada en un texto real que escribió el propio Aristóteles llamado “Problemata” (313 a.C) , en el que el genio griego hace referencia a algunos asuntos relacionados con el buceo, entre ellos los efectos de la presión en el sistema auditivo y una breve descripción del «submarino».

La muerte de Alejandro se convirtió en los textos medievales en una lección y advertencia moral acerca de la vanidad de la gloria mundana y el castigo de la soberbia. Ese tópico de la muerte del héroe famoso como castigo divino perdura como un tópico de origen clerical, a lo largo de toda la literatura medieval, y aún más allá.

 

 

 

 

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