Alejandro Magno y el mito de los prodigiosos nacimientos divinos

Hoy, que tantos gurús y adivinatrices pululan en nuestros mercados y ofrecen en asequible promoción de fin de mes los restos de la inapreciable sabiduría tántrica, tibetana o hindú, lo que más se echa en falta es, indudablemente, una línea directriz seria y profunda de real investigación esotérica. Acaso por ello esté poco explorada, desde el prisma esotérico, la vía de acceso a la personalidad increíble y magnética del milenario rey de Macedonia que postrase a un mundo enamorado ante sus pies.

Parece ser que Alejandro era heraclida por parte de su padre, esto es, descendiente de Heracles, el héroe y semidiós hijo de Zeus y Alcmena. Esto, el hecho de que en antiguas religiones los dioses engendren una estirpe humana y entronicen tal dinastía, también merece un estudio de consideración, pero las olas del tiempo volverán a llevarnos a todo ello cuando la actual babel universitaria cambie o se hunda entre su propio lodazal.

Respecto al nacimiento de Alejandro, narra Plutarco que su madre, Olimpia, antes de la noche en que se reuniese con su esposo en el tálamo nupcial, vio cómo un rayo la alcanzaba en el bajo vientre y, sin causarle dolor, encendía una gran llamarada que la inundaba y se esparcía después misteriosamente. Filipo, esposo de Olimpia, se vio turbado por un sueño en que le pareció que sellaba el vientre de su mujer, y el sello tenía grabada la efigie de un león. El augur le explicó que Olimpia se hallaba encinta, pues no se sella algo que está vacío, y lo estaba de un niño valeroso y parecido en su índole a los leones. Aún recoge Plutarco otra versión que narra cómo Olimpia había sido descubierta enlazándose con un dragón o extraña criatura en su cámara nupcial, y es fama que Filipo perdió un ojo por haber pretendido espiar a través de una rendija la efectiva unión de su esposa con un dragón.

De hecho, parece ser, incluso, que Olimpia, desde muy niña, estaba iniciada en los misterios órficos y en las celebraciones dionisíacas, que representaban dramas similares a los de las doncellas tracias del monte Hemo, y que ella excedía en el ritualismo y la devoción la compostura de sus amigas, pues gustaba de llevar alrededor de la cintura unas enormes serpientes domesticadas por ella, las cuales, saliéndose de la hiedra y la zaranda mística, se enroscaban en los tirsos y en las coronas de los atemorizados visitantes.

Resulta curioso constatar cómo el nacimiento de otras figuras históricas se ha visto sobrecogido por la constante de prodigios que rodean el acontecer. Así, un elefante blanco roza el brazo de Maya-Devi mientras esta sueña su embarazo de Sidharta Gautama, el Buda; dos dragones velan la concepción de Confucio en una gruta, mientras las hadas encienden pebeteros de incienso, y Jesús es producto del mágico enlace entre una paloma y la doncella virgen María. Alejandro Magno murió tres siglos antes de que naciera oficialmente el cristianismo, pero su culto era tan poderoso que algunos símbolos vinculados al antiguo rey macedonio fueron adoptados por la nueva religión. A medida que el cristianismo se iba haciendo cada vez más popular, los obispos extendieron su influencia muy rápidamente. Intentaron acabar con los antiguos cultos, pero mucha gente aún conservaba su fe en los dioses del pasado. La cosa no acababa ahí, algunos llegaban incluso a creer que la nueva fe no era realmente algo tan nuevo, sino sencillamente una forma diferente de presentar las antiguas creencias. Durante siglos, numerosos peregrinos visitaron la última morada de Alejandro, venerándole y pidiéndole ayuda para resolver sus problemas cotidianos o para conseguir algún objetivo. Se creía por aquel entonces que Alejandro podía hacer realidad aquello que apenas parecía un sueño y proporcionar salud y felicidad. No era tan solo un rey muerto, se le consideraba realmente un dios, y de hecho uno de los más importantes de Europa, el Medio Oriente y otras regiones de Asia. La historia de Alejandro Magno influyó en gran medida en los relatos que dieron pie a la doctrina cristiana. Alejandro Magno llevó la civilización helenística hasta Oriente, más al este de lo que nadie la había llevado hasta entonces. Aunque muchas regiones de Anatolia y sus alrededores ya estaban bajo la influencia de la lengua griega, la creación del imperio de Alejandro la hizo aún más popular de lo que ya era. Según un especialista en lenguas antiguas, Alejandro se convirtió en la razón principal por la que el griego era aún tan popular tres siglos más tarde: la época de Jesús.

A Alejandro le encantaban los pavos reales. Al parecer vio por primera vez a una de estas bellas aves en Asia, y decidió traérselas con él a su patria. Las plumas del pavo real se convirtieron entonces en un símbolo del poder de Alejandro, aunque siglos más tarde pasaron a ser símbolo del más alto obispo de la Iglesia Católica. Más aún, se cree que las más antiguas pinturas del joven Jesús retrataban al Hijo de Dios del cristianismo con el pelo castaño claro porque los cabellos del joven Alejandro eran del mismo color.
En el judaísmo se cree que varios profetas tuvieron visiones de Alejandro Magno muchos siglos antes de su nacimiento. Isaías, que vivió cinco siglos antes que Alejandro, escribe en su capítulo 19, versículo 20 acerca de esta visión:

Estará como señal y testimonio de Yahveh Sebaot en el país de Egipto. Cuando clamen a Yahveh a causa de los opresores, les enviará un libertador que los defenderá y liberará.

Los especialistas sugieren que el hombre descrito en esta profecía era Alejandro. Durante la dominación persa, Alejandro era considerado por los judíos la encarnación del esperado Mesías. Isaías también da a entender que el gobierno de Alejandro sería próspero para egipcios y asirios.
Dos siglos más tarde, el profeta Daniel predijo que llegaría un rey que ocuparía el trono de Salomón. El rey Nabucodonosor tuvo una pesadilla, por lo que Daniel rogó a Dios que le revelara el significado de su sueño. La respuesta daba a entender que había visto a los reyes que cambiarían la historia de estas tierras, entre ellos a Alejandro Magno. El profeta Daniel también predijo que el rey helénico conquistaría el imperio persa y que le sucederían cuatro reyes de su mismo linaje.
El profeta Joel, en el siglo V a. C., también vio a Alejandro en sus visiones: “hijos de Judá y de Jerusalén, habéis sido atraídos por los griegos.”

Parece que Alejandro era un personaje muy esperado por la nación que puso los cimientos del cristianismo.

Aún circula otra versión sobre el nacimiento de Alejandro, que afirma que su verdadero padre no fue Filipo, sino un extraño rey-mago y astrónomo egipcio, adorador del culto de Amón, que se presentó en la corte de Macedonia y convenció a Olimpia para que yaciese con él, de cuya unión ceremonial habría de engendrarse un formidable personaje. Nectanebo es el nombre que los viejos cronistas transcriben, aunque se trata de un sobrenombre que corresponde a toda una dinastía de oficiantes religiosos. También parece probable que Olimpia haya sido asistida en su parto por este personaje singular, que adelantase o retardase el alumbramiento hasta que el cielo estuviera en su mayor esplendor y todos los planetas propicios. La Naturaleza desplegó un enérgico haz de truenos, relámpagos y fenómenos atmosféricos, y es un hecho que su nacimiento coincidió con el incendio del templo de Artemisa en Éfeso.

Y aquí, quizás, se enlaza la historia de Alejandro con el enigma del oasis de Siwa. La dinastía del desafortunado rey Psaménito es la XXVI. Psaménito es destronado alrededor del 524 a. C. (5). Egipto está condenado a la dominación persa; es la XXVII dinastía, bajo el yugo de Cambises, Darío I y Jerjes. La XXVIII y XIX dinastías intentan recuperar los viejos valores, pero es la XXX dinastía, la de los Nectanebos, la que enlaza misteriosamente con la poderosa corriente magnética de los pueblos de la Hélade, bañados por el fértil Mediterráneo. Y aunque la oleada persa se traga de nuevo la mística tierra del Nilo y la cubre con su espesa influencia, este rubio príncipe nacido en una extraña noche de tormenta lo libertará de su yugo y se proclamará rey (o faraón) de Egipto en Menfis. Extraños oráculos preside Amón, pero su encarnación resulta efectiva. Doscientos años separan el enigma del oasis de Siwa del Imperio de Alejandro, pero su fruto, al fin, vio la luz, y los egipcios no dudaron en volcarse hacia el Kchatriya macedonio y adorarlo como un hijo del Sol.

Cuando Alejandro estuvo en Egipto, emprendió el largo viaje hacia el templo de Amón. Los soldados marchaban sombríos, pues recordaban lo sucedido al ejército de Cambises, pero esta vez el rocío del cielo y las abundantes lluvias que cayeron disiparon todo vestigio de sed. Las arenas se humedecieron, el aire adquirió calidades gratas y respirables, y aun las tropas, confundidas y errantes, vieron surgir unos negros cuervos que, encabezando la marcha, aceleraban cuando los hombres les seguían, y se paraban y aguardaban cuando se retrasaban. Plutarco recoge del verdadero Calístenes que las aves llamaban con sus voces y graznidos a los que se perdían en la noche, volviéndolos a las huellas del camino. Sabemos, por lo que Alejandro explicase después a sus íntimos, y por los que se hallaban presentes, que llegados al oráculo de Siwa, el profeta de Amón le confirmó su condición de hijo de la divinidad solar y le ofreció favorable presagio sobre sus campañas. De cualquier modo, lo que allí sucedió escapa a la historia oficial.

La estatua de Orfeo despidió copioso sudor frente al ejército de Alejandro. Un águila planeó sobre su cabeza y encabezó sus huestes victoriosas en Gaugamela, y una fuente mudó su curso y expulsó de sus márgenes una plancha de bronce con el efectivo decreto, en caracteres antiguos, de la victoria griega sobre Persia. Maratón, Salamina y Termópilas cobraron sentido histórico y nivelación kármica.

La madre de Darío, abandonada por su hijo, recibe el trato de una diosa de manos de Alejandro. Asegura su protección e integridad. Establece ochenta matrimonios reales entre la nobleza macedonia y la persa (él se casó con Estatira, la hija de Darío, y Hefestión con su hermana Dripetis). Viste la toga meda y la túnica persa; hermana ambos pueblos en un sobrehumano esfuerzo. Los macedonios le adoran, los egipcios le consideran hijo suyo y efectivo faraón de Menfis, descendiente de Amón; los babilonios y persas llegarán a rendirle adoración real como divinidad encarnada. ¿Cobardía, espíritu de una raza abyecta o postracional? Alejandro jamás les exigió tal. ¿Adoraban el halo de la divinidad tras la realeza? Nunca llegaron tan lejos con sus propios reyes. Los persas lo quieren más que los griegos. ¿Quién era Alejandro?

Sus enemigos se le unen tras la derrota. Oxiartes, hermano de Darío, o el rey indio Poros, alistados entre los “Compañeros”, ratifican el milagro.

Su ejército estaba compuesto por ingenieros, expertos en geometría y balística, arquitectos, constructores de puentes, naves e ingenios bélicos sobre la marcha, exploradores e informadores (los llamados bematisti, precursores del espionaje actual), topógrafos, botánicos, astrónomos, epígrafistas, gramáticos, historiadores y poetas.

Él introdujo por primera vez los Juegos Olímpicos en Asia, con carreras de carros, tiro con arco, torneos, equitación, atletismo, teatro y danza. La tumba de Ciro el Grande en Pasargada, los palacios de Asiria, Ecbatana y Susa, los zigurats de Babilonia y los bajorrelieves de Nínive envolvieron a Alejandro con sus callados lazos. Abrió insospechadas rutas comerciales, estableció un puente entre distintas civilizaciones, imbricó las complicadas relaciones entre Zeus y Amón, Heracles y Melkaart, Mitra y el Ejército; dibujó un invisible lazo de unión entre pueblos enfrentados y les mostró un solo cielo idéntico sobre sus frentes.

La Historia es una diosa llena de misterios. En ella escribe el Destino, mojando su pluma en fuego, en decretos de bronce.

 

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