La entrada de Alejandro en Babilonia

Después de la brillante victoria en Gaugamela, la siguiente etapa, sería un paseo para Alejandro. Tal vez aún no había intuido cuando se acercó a los inmensos muros de ladrillo de Babilonia. Herodoto, que la había visitado un siglo antes, afirma que los muros rodeaban ciento cincuenta y cinco kilómetros cuadrados, en los que era posible obtener cosechas durante un asedio. Hasta las viejas fortificaciones de Nabucodonosor, que en ese momento formaban el círculo interior, eran inmensas. Los muros exteriores tenían cincuenta y cinco metros de espesor por ciento veinte de altura. Ciro había tomado la ciudad sin luchar, pero Alejandro debía conocer la versión más realista de Jenofonte. La masa de Babilonia era visible kilómetros antes, al otro lado del llano, lo que auguraba un asedio cuando menos tan colosal como el de Tiro. Ni siquiera tuvo necesidad de hacer un reconocimiento. En el camino, Alejandro se encontró con Mazaeus, sátrapa de Babilonia, que le ofreció la rendición incondicional de la ciudad. Hacía poco más de un siglo que Babilonia había hecho su último intento por liberarse de Persia y Jerjes la había aplastado severamente. Su población amante del lujo era desafecta o indiferente, los miembos de la guarnición estaban decepcionados con el rey persa. Cuando se le ofreció ese regalo sorprendente, como cabía esperar Alejandro sospechó que se trataba de una trampa y siguió avanzando en orden de batalla, a la cabeza de la vanguardia. Sin embargo los muros estaban indefensos, las cien puertas abiertas de par en par y bajados los puentes levadizos. Entró como rey de Babilonia, el 22 de octubre, en un carro chapado en oro, en medio de esplendores que los triunfos de los césares jamás superaron. La vía principal de la ciudad estaba salpicada de flores y perfumada con incienso. Encabezaban la procesión regalos raros y exóticos, corceles selectos y carros que portaban leones y leopardos enjaulados; asistieron magos y sacerdotes, los reales cantantes de alabanzas entonaron himnos y la caballería de Mazaeus desfiló. Como siempre ocurre con Alejandro, brillaba por su ausencia un adorno romano: el espectáculo de los cautivos humillados y encadenados.

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Así Alejandro hizo una entrada triunfal en su nueva capital, con una lluvia de flores, y un ambiente cargado con el intenso aroma del incienso procedente de los altares colocados a ambos lados del desfile, sin que se produjera ni el más mínimo intento de resistencia. Alejandro tomó así, posesión del Palacio y del Tesoro, e hizo un sacrificio formal al dios de la ciudad, Bel-Marduk, en su famoso zigurat, siguiendo el protocolo prescrito por el sacerdocio local. Ordenó restaurar el zigurat, muy dañado por las tropas de Jerjes, para ello ordenó que fuera demolido alrededor del año 331 a. C., en preparación para una reconstrucción colosal que su prematura muerte truncó.

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Entrada de Alejandro en Babilonia, Charles Le Brun, 1664, óleo sobre lienzo, Louvre.

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