El sitio de Tiro, el ingenio al poder

Año 332 a.C., en esa época,Tiro era la más importante ciudad-estado fenicia,con cerca de 40.000 habitantes, y estaba dividida en dos partes:la Ciudad Nueva o isla de Tiro, situada en un islote a 800 metros de la costa y la Ciudad Vieja o Tiro continental,situada a orillas del litoral.

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La isla de Tiro estaba rodeada por unas formidables murallas que llegaban a alcanzar los 45 metros de altura en la zona frente a la costa, además poseía 2 puertos, denominados el Puerto de Sidón (situado al norte) y el Puerto Egipcio (situado al sur) y estaba unida al pequeño Islote de Melkart, donde estaba situado el templo de Melkart, la deidad más importante de Tiro. Equivalente al Heracles griego. El primer gran asedio de Tiro lo realizaron las tropas babilónicas del rey Nabucodonosor II, quienes tuvieron que esperar 13 años para tomar la ciudad en 574 a. C. En este tiempo, apenas fue poblada la isla donde huyeron los sobrevivientes de Tiro continental por la destrucción de su antigua ciudad. La isla se fortificó cada vez más hasta hacerse casi inexpugnable.

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Alejandro Magno sabía que este objetivo era necesario si quería asegurar el dominio sobre la costa mediterránea, lo que le permitiría marchar hacia el oriente sin el temor a que los persas llevaran la guerra a Grecia. El asedio a la isla duró aproximadamente 7 meses (de enero a agosto de 332 a. C.).

Comenzamos el sitio de Tiro uno de los más espectaculares de la historia. Cuando Alejandro se acercó a Tiro, la ciudad envió emisarios que se ofrecieron a ponerla a sus órdenes. Alejandro los sometió a prueba pidiéndoles hacer un sacrificio de estado en el templo de Melkart, el Heracles tirio.Ello supone la negativa a abrir las puertas a los macedonios y la afirmación de que también impedirían la entrad a los persas, compromiso que no era probable que cumplieran en cuanto Alejandro reanudase la marcha. Consciente de la inmensa tarea que le esperaba, Alejandro convocó un consejo de guerra. Afirmó que si dejaban Tiro en la retaguardia, los persas la utilizarían como base para invadir Grecia, en la que Esparta ya se había rebelado abiertamente contra el regente Antípatro mientras Atenas esperaba su oportunidad. Más adelante se extendía Egipto, objetivo rico y deseoso de recibirlo, pues no había olvidado la brutalidad y el sacrilegio de la reconquista persa. Una vez asegurada la costa y puesta bajo el poder macedonio toda Asia a este lado del Éufrates, podrían avanzar hacia Babilonia. Este análisis realista convenció al estado mayor. Hizo un postrer intento por evitar un sitio tan costoso y envió emisarios con un ultimátum. Los tirios violaron el inmemorial carácter sagrado de los emisarios, los pusieron sobre las murallas para que Alejandro fuera testigo de su asesinato y arrojaron los cuerpos al mar. Después, Alejandro anunció que había tenido un sueño en el que Heracles permanecía de pie en los muros de Tiro y extendía la mano para guiarlo hasta el corazón de la ciudad. Esas murallas, fabricadas con piedra labrada y argamasa, alcanzaban los 46 metros de altura. La estratagema y el ataque sorpresa quedaron descartados; Alejandro se puso manos a la obra de inmediato y empezó a construir un malecón desde tierra firme. Fuera del alcance de las armas arrojadizas, el primer tramo se acabó con rapidez. Alejandro vigiló la obra y repartió premios por el tesón con el que habían trabajado. Luego el canal se hacía más profundo y el llenado requirió más piedras y más tiempo; quedaron a tiro de ballesta de las murallas y ahora las naves tirias disponían del calado suficiente para abordarlos y acosarlos Alejandro hizo levantar dos torres móviles, montadas con catapultas, blindadas con pellejos y con un parapeto de cuero extendido entre una y otra torre.

 

Las desplazaban a medida que las obras avanzaban y protegían a los transportistas hasta el último momento, cuando salían corriendo para volcar sus cargas. En un momento en que se levantó un fuerte viento, los tirios lanzaron un brulote, con las altas vergas cargadas de calderos de brea ardiente. Las torres ardieron y los trabajadores se arrojaron al mar o perecieron en su interior. Alejandro ordenó la construcción de nuevas torres y se desplazó a Sidón para organizar la armada. Le llevó un par de semanas en las que descargó su inagotable energía organizando una expedición de 10 días para someter a las tribus vecinas del Antilíbano. Llevó consigo al ahora anciano Lisímaco, De regreso a Sidón, donde lo aguardaban 120 naves chipriotas; los gobernantes de esta isla se habían sacudido el yugo persa y se habían unido a su causa. En total reunió cerca de 200 velas y dirigió el ataque a Tiro. Su propia nave insignia ocupó un lugar de peligro: el más próximo a las murallas de la ciudad.

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Los tirios, sorprendidos por la cantidad de naves,cerraron el puerto con una sucesión de barcos,lo mismo que Alejandro había hecho en Mileto. No hubo modo de tentarlos para que salieran. Sus operaciones habían adquirido una dimensión descomunal y, además de los expertos griegos que había llevado consigo, incluían ingenieros de Chipre y de todo el litoral fenicio. Montó catapultas a bordo y bombardeó las murallas de Tiro con piedras pesadas. Los tirios arrojaron rocas al mar para obstaculizar las maniobras de los barcos. Tenazmente, Alejandro ordenó que recuperarán las rocas y las izaran. Para realizar esa maniobra sus naves tuvieron que echar anclas. Los tirios enviaron barcos blindados para cortar las maromas. Alejandro hizo llevar naves de apoyo. El enemigo envió a buceadores para cortar las maromas bajo el agua. Alejandro las reemplazó por cadenas. Al final el canal le permitió situar la flota a lo largo de las murallas, a la que también se aproximaba el malecón. Los ingeniosos tirios – adelantados con respecto a su época – sacaron a relucir su arma más moderna. Calentaron arena al rojo vivo y la arrojaron sobre los macedonios que ocupaban las primeras filas. Se colaba bajo sus corseletes y sus ropas, quemaba la carne con un calor intenso los hombres gritaban y suplicaban como los torturados y nadie podía prestarles ayuda; se volvían locos y perecían a causa del dolor atroz que padecían. Muchos se arrojaron al mar. Ignorante de que se convertiría en una característica habitual de la guerra civilizada, Alejandro lo consideró una atrocidad. A la vista de su predilección por guiar a la vanguardia, solo el azar debió de salvarlo de que se quemara vivo. Los preparativos habían llevado medio año. Al final Tiro fue asaltada por los barcos, con el apoyo del malecón, que pese a todo no llegaba hasta las murallas. Dueño del canal más próximo a tierra, Alejandro pudo acercar sus naves de asalto a las murallas más cercanas al mar, las que menos resistencia ofrecían. Arrojó piedras pesadas con las catapultas de torsión para agrietar la mampostería de la sillería las de tipo arco eran versiones gigantes de la ballesta medieval y las puntiagudas saetas de bronce eran capaces de atravesar armaduras. Las naves de desembarco portaban torres portátiles, y unas de las características de este asedio es que las acarreó por secciones. El día del ataque definitivo subió personalmente a una torre. Podemos imaginar una galera de puente ancho con dos o tres filas de remeros para darle velocidad, con la estructura de aspecto pesado situada en medio del barco y coronada de hombres armados,tras la figura rutilante de Alejandro, que dirigía al piloto hacia aquí y hacia allá en busca de una brecha, mientras la plancha se balanceaba como una lengua gigante, dispuesta a estirarse en cuanto se presentase la ocasión. En todo momento Alejandro estuvo atento a actos de valor que merecieran honores. Fue testigo de un acto heroico cuando Admeto, el capitán de la guardia, saltó hacia la primera brecha que divisó, animó a sus hombres y murió en el acto. Para entonces, el barco de Alejandro se había desplazado a toda velocidad para apoyarlo; el macedonio cruzó corriendo la plancha y guió al destacamento. Entretanto, sus naves rompieron la barrera del puerto. Los tirios comprendieron que todo estaba perdido y abandonaron las murallas. Los macedonios los persiguieron y abatieron a cuantos pudieron alcanzar. Alejandro les prohibió que sacaran a los que estaban el el santuario del templo. ( En un templo encontraron una célebre estatua de Apolo – botín cartaginés de Sicilia – encadenada a una peana, pues en un sueño el dios había informado a un adivino tirio que los dejaba para unirse a Alejandro). Aunque no hay número de muertos, se calcula en 30.000 los cautivos esclavizados y 2000 crucificados en señal de advertencia. Quizás se tratara de cadáveres, los macedonios exhibían de esa forma los cuerpos de los criminales ejecutados, aunque sin mutilaciones. Cuando los gritos y chillidos se ahogaron en la ciudad, Alejandro Magno acudió al Templo de Melkart a rendir el sacrificio al dios. Se dice que le ofreció la máquina de asedio que terminó por derruir el sector de la muralla desde donde penetraron los macedonios.

‏Hoy en día aún es visible las secuelas de este asedio convirtiendo la antigua ciudad insular en una península unida al continente.

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