La última gran ambición de Alejandro

El geógrafo árabe al-ldrisi, en el siglo XII, mencionó los restos de un supuesto camino
empedrado, a los que los árabes llamaban «arrecifes», mandado hacer por el rey griego
Alejandro Magno para unir en el estrecho el continente europeo con el africano. De acuerdo con el geógrafo ceutí, la obra del soberano griego había sido muy ambiciosa e incluyó la apertura posterior del propio canal del estrecho de Gibraltar.

Las_Columnas_de_Hercules_portada

El contenido histórico del mito de la formación del Estrecho de Gibraltar por Hércules ha sido analizado en muy diversas ocasiones en el presente siglo. Por ejemplo, se ha señalado que el mito reflejaría la tradición acerca de la colonización fenicia y de sus navegaciones en la zona del Estrecho. Más recientemente Raquel López Melero ha demostrado la existencia de diversos y sucesivos estratos de ampliación del mito hercúleo; así el de su participación en la fractura del estrecho de Gibraltar sería relativamente tardío y derivado de anteriores. El tercer mito clásico en el que descansa la creencia de los habitantes de este litoral, que refleja Idrisi, es el de la existencia de un camino submarino en el Estrecho. Esta opinión ya existía en la antigüedad aunque se atribuía la construcción de este camino también a Hércules. En concreto, el camino habría sido construido por el héroe griego para transportar a África los bueyes de Gerión. Quien menciona de una forma más expresa la existencia de este supuesto camino submarino es el poeta latino Avieno. En el relato de Avieno, que recoge en su Ora marítima un periplo de gran antigüedad, la llaman calzada de Hércules porque
se dice que Hércules había cubierto los mares a fin de tener abierto un camino fácil para el ganado (Or. mar. 326-328). Esta descripción de Avieno acerca de la costa del Estrecho nos indica que ya en la antigüedad algunos creyeron que la cordillera o elevación submarina que se extiende de Tarifa a Tánger constituía un camino anegado. Un texto
del siglo IV a. de C., el Periplo de Scylax, menciona los múltiples arrecifes aunque no ofrece la versión de camino: desde el promontorio de Heremez se extienden grandes escollos desde Libia hasta Europa, que no afloran por encima del mar, aunque en algunos puntos las aguas chocan contra ellos (Periplo de Scylax, 112). Y el enciclopedista Cayo Plinio (N.H. III, 4) afirmaba que no disminuye el milagro su poca profundidad, puesto que los marineros se aterran viendo bajo sus quillas los escollos que se alinean a manera de blanquecinas cintas. Todo lo anterior nos indica que en el recuerdo de los habitantes de la costa de Tarifa y Algeciras, en la Edad Media, existía un cierta asimilación o confusión del personaje mítico de Hércules con el real de Alejandro Magno. No puede tampoco extrañarnos ya que incluso sus actuaciones se asimilaron con las de Moisés (apertura de las aguas del mar Rojo). Pese a todo, no es menos cierto que también debió existir un cierto recuerdo clásico, un tanto sorprendente, acerca de las actuaciones de Alejandro Magno y de sus planes con respecto al Occidente. No únicamente se produce un cierto sincretismo que identifica a Alejandro Magno con
Hércules. La tradición deriva de un episodio más o menos real de la vida del monarca griego. Alejandro Magno nunca estuvo en Occidente. Sin embargo su figura era bien conocida y admirada en la zona, De hecho, en Gades, en el famoso templo de Hércules, había una estatua de Alejandro Magno ante la cual Julio Cesar tendría una reacción peculiar: habiendo llegado a Gades, al contemplar en el templo de Hércules
una estatua de Alejandro Magno, se echó a llorar y, como avergonzado de su inactividad, pues no había hecho todavía nada digno de memoria en una edad en la que ya Alejandro había conquistado el orbe de la tierra (Suetonio. Caesar, Vil). De forma algo más breve, pero con datos muy similares, nos documenta este mismo episodio el historiador Dion Cassio (37, 52, 2). Lo curioso del caso es que el supuesto camino, atribuido por los antiguos a Hércules, y por los medievales a Alejandro Magno, descansara en un proyecto real que en algún momento acarició el monarca helenístico. En efecto, Alejandro proyectaba en el año 323, en el cual precisamente falleció, el derivar su expedición oriental, que le condujo hasta las fronteras de la India, en una posterior expedición occidental. El objetivo de la misma no era otra que someter a Cartago, y para dominar hasta el extremo occidente en sus planes incluía construir un gran camino que uniera todo el continente africano hasta la zona de la Columnas de Heracles. Este sorprendente plan no pudo ni ser siquiera iniciado debido a la precipitada muerte del propio Alejandro Magno. Pero aparentemente estos planes fueron recogidos de forma minuciosa por escrito en una serie de notas de sus archivos conocidas con posterioridad a su muerte. Quien nos ofrece con detalle todos estos datos es Diodoro de Sicilia (XVIII, 4, 3-4), escritor del siglo I a. de C. Muy poco después de su muerte se encontraron en sus archivos secretos algunas notas que revelaban que la expedición a Arabia debía ser el preludio de operaciones más grandiosas. Estas notas oficiales parece que tenían informes y cálculos relativos a la realización técnica de estos últimos proyectos, y a los medios militares y financieros que iban a necesitarse. No poseemos más que una breve recapitulación; mencionaba que había que construir en Fenicia, en Siria, en Cilicia y en Chipre miles de barcos de guerra, de un modelo ligeramente más grande que los trirremes, para efectuar una expedición contra los cartagineses y los otros pueblos que
habitan las costas de Africa, Iberia y las regiones vecinas hasta Sicilia. Decía también que una calzada debía de ser construida a lo largo de la costa africana hasta las Columnas de Hércules y que se ubicaran, en los lugares apropiados, puertos y arsenales navales que serían imprescindibles para esta gran empresa marítima. La información acerca del camino proyectado es novedosa en Diodoro de Sicilia. Quinto Curcio alude al proyecto de esta expedición aunque explícitamente no al de la apertura de este camino si bien se puede deducir de la propia operación militar que se planificaba: para abatir el orgullo de Cartago a la que miraba como enemiga, y desde ella, atravesando los desiertos de Munidia, tomar la dirección de Gades, donde era fama que estaban las Columnas de Hércules, pasar luego a Hispania, a la que los griegos llama Iberia (Quinto Curcio, Alex, X, 1, 17-18). Otras fuentes clásicas nos hablan, en este punto, de otro proyecto algo diferente. Se trataba también en este caso de un intento de imposición de dominio sobre Cartago. Pero el plan en estas ocasiones lo que incluía era que una armada bien pertrechada partiera del golfo arábigo y realizara la circunnavegación del continente africano, para entrar por las Columnas de Hércules en el Mediterráneo. Nos hallamos indudablemente ante un plan muy arriesgado que incluía la aceptación de que
el continente africano era circunnavegable (cosa que otros en la antigüedad no tuvieron tan claro). El primer aspecto para realizar la expedición era controlar el golfo arábigo y pérsico. Los preparativos estaban en marcha cuando el monarca falleció. Este proyecto de Alejandro, igualmente atribuido para momentos crepusculares de su vida, aparece mencionado en otros autores clásicos. Así Arriano le atribuyó una arenga a los comandantes de su ejército: desde el golfo Pérsico nuestra armada puede navegar a lo largo de las costas de Africa hasta las Columnas de Hércules. Desde las Columnas de Hércules, todo el interior de Africa será nuestro de forma tan completa como Asia, de forma que los extremos de este imperio serán los límites asignados por la divinidad
a la tierra (Amano, Anabasis V, 25-26). Plutarco (Alex., LXVIII) también refiere este mismo proyecto de Alejandro: se embarcó él mismo con ánimo de recorrer con una gran
armada, partiendo del Eúfrates, la Arabia y el Africa, y de penetrar en el mar interior por las Columnas de Hércules, para lo cual se construían toda clase de embarcaciones. Y de forma poética, el hispano-latino Lucano (Phars. X, 36-37) afirmaba que se aprestaba a
llevar sus flotas al Oceáno por el mar exterior. ¿Qué crédito debemos conceder a las supuestas intenciones de Alejandro Magno? Los historiadores contemporáneos han pasado de puntillas sobre esta cuestión. Y ello cuando sabemos perfectamente, y la mención del geógrafo griego Estrabon (1,3,3) es clarificadora, en tiempos de Alejandro Magno, y en los inmediatamente posteriores, los conocimientos geográficos avanzaron en gran medida. El historiador contemporáneo que más ha defendido la veracidad del proyecto alejandrino ha sido el francés Roger Dion. Para Dion, el proyecto de Alejandro Magno era perfectamente adecuado a la amplitud de sus ambiciones. Llevado por un deseo insuperable pretendía introducir en sus dominios los límites de todo el mundo conocido. En consecuencia, siguiendo el relato de sus ambiciones, y de su psicología, no puede extrañarnos que, una vez acabada la expedición oriental, ambicionara llevar su Imperio hasta los límites occidentales de la tierra entonces
conocida. Aunque no se nos refleje de forma explícita, los gaditanos de la antigüedad creían en la veracidad del proyecto la estatua de Alejandro Magno sita en el Herakleion gaditano es un indicio de ello. Y la estancia de Julio Cesar frente a ella, en el año 69 a. C. meditando en las orillas del Oceáno en Cádiz es otro buen indicio. Mucho más sorprendente es que mil años más tarde, en Tarifa y Algeciras, en la confluencia del
Atlántico y del Mediterráneo, la tradición de los planes de Alejandro se mantuviera, de una o de otra forma, entre los habitantes.

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