Alejandro y el pecado de la búsqueda del conocimiento

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Se dice que las leyendas de los héroes empiezan desde su vida misma. Lo maravilloso va de la mano de los héroes, arropando paso a paso a los personajes de excepción hasta lograr romper las fronteras de lo heroico y penetrar decididamente en los terrenos de lo mítico. Así los héroes verdaderos tienen biografías que se abren a lo legendario y lo fantástico, aun desde antes de que su vida terrenal acabe o su recuerdo empiece a adornarse con las nieblas del tiempo; esto que puede ser válido para casi cualquier gran héroe es una verdad absoluta en el caso de Alejandro Magno, el joven emperador de Macedonia que a los treinta y tres años murió envenenado tras de haber conquistado el mundo conocido y parte del que aún no lo era. Porque —si su leyenda no miente— Alejandro no se contentó únicamente con apoderarse del imperio persa y llegar victorioso a la fabulosa India, el gran Alejandro —siempre dominado por dos obsesiones, ir más allá de los límites e igualarse con los dioses— consiguió desentrañar los secretos del mar y del aire y adentrarse en el territorio de lo maravilloso.

Alejandro cubre, como pocos personajes históricos, con los requisitos que todo héroe debe cumplir para trascender la frontera de lo histórico y adentrarse en lo mítico: tiene en su cuerpo las marcas que lo señalan como un ser de excepción (sus ojos son de distintos colores), su nacimiento presagia con prodigios un destino único, supera numerosas pruebas antes de estar preparado para emprender su gran hazaña y proyectar sus impulsos en las empresas que definen a los héroes míticos: la búsqueda de la inmortalidad, la sabiduría y la trascendencia. El camino de tales anhelos siempre está sembrado de maravillas, y así Alejandro empezará a pisar en lo maravilloso desde el momento en el que, concluida su épica conquista del imperio persa, no se prepara a disfrutar su triunfo o consolidar su conquistado imperio sino que decide continuar su peregrinar guerrero y aventurarse en terreno desconocido. Más allá de lo conocido sólo puede aguardar el prodigio y el destino.

Siempre controvertida, la figura de Alejandro fue —aun para sus mismos cronistas y generales que lo siguieron de cerca y compartieron sus peripecias—, un prisma del cual apenas se podía apresar una faceta. La imagen del conquistador de Asia se escabulle y en sus textos aparece apenas mostrando una de sus caras. Esto les sucede tanto a los historiadores serios de la Antigüedad a nuestros días como a escritores más preocupados por la adulación, lo exótico, lo estético, lo novelesco o lo moral que por la fidelidad histórica.

Aún antes de morir, sus hechos históricos y la personalidad real de Alejandro se entretejieron con numerosos relatos en los que se exageraba, falseaba o adornaba su vida y se encarecían e hiperbolizaban sus hazañas. En torno a sus aventuras se fue armando un entramado de historias cada vez más inverosímiles y audaces; poco a poco su figura fue mitificándose hasta convertirse en parangón e ideal, ya no sólo del guerrero o el sabio, sino también en el prototipo del viajero y del hombre siempre ansioso de traspasar los límites mismos de la humanidad y del soberbio que aspira a equipararse con la divinidad.

Tales problemas no son de extrañar. Alejandro tuvo que vivir obsesionado por las ideas de su madre acerca de que Filipo de Macedonia no era su padre, sino que ella lo había concebido del mismo Zeus. Tratado como un dios por los persas y recibido como otro por los egipcios, aficionado más “a la gloria que a la vida”, el joven Alejandro, que veía caer bajo sus ejércitos o su fama ciudades reputadas de inexpugnables, no siempre fue capaz de mantener la calma y no tomar en serio su deificación o, al menos, su origen señalado.

Siempre preocupado por conocer más, por explorar tierras desconocidas, tras haber terminado con su gran hazaña épica —la guerra contra Darío—, Alejandro no es capaz de permanecer tranquilo en su recién conquistado reino ni con su flamante esposa.

Siempre más lleno de gloria en la guerra que después de la victoria”, debe seguir con sus hazañas, avanzar hacia los límites del mundo conocido, en las regiones a las que sólo habían llegado los más intrépidos y de las que únicamente se contaban maravillas. Y así podemos ver cómo Alejandro se va adentrando también en la leyenda. Al final de ese viaje, Quinto Curcio le hace decir: “Ya casi he llegado al fin del mundo y, atravesándolo, he resuelto abrirme otra naturaleza y otro universo”.

Numerosos son los historiadores y los biógrafos de Alejandro que se dedican a narrar, con mesura o sin ella, su vida y aventuras, y que en este itinerario dejan a sus obras plagarse de prodigios; pero el texto en el que lo maravilloso se enseñorea y el relato toma verdaderos matices de novela es en el del Pseudo Calístenes, que más que una biografía de Alejandro es una colección de relatos fantásticos. Es en ese texto, tachado de mediocre y decadente —y que durante siglos fue el más popular después de la Biblia—, donde se llevó a cabo “la transfiguración de Alejandro en un personaje mítico, en un héroe casi mitológico (como el aventurero Ulises redivivo, sagaz y curioso .. )”; la obra en la cual el rasgo más significativo de Alejandro fue: “su afán por transgredir los límites humanos: por llegar en sus exploraciones al confín del mundo, por ascender a los cielos, por sobrepasar las hazañas de los dioses, por alcanzar la inmortalidad”.

Es en este texto donde se puede ver a Alejandro aspirando a lo imposible y luchando por sobrepasar su condición de hombre. La narración del Pseudo Calístenes transcurre entre descripciones de todos los pueblos fabulosos y lugares exóticos que le dieron fama al texto, pero todas aquellas maravillas parecen el decorado apenas importante que enmarcará las grandes aventuras de Alejandro. En medio de prodigios que se le van develando, de pronto Alejandro constata que existen cosas que no son acordes con su naturaleza:

Por lo tanto ideé hacer una gran jaula de hierro y dentro de ella introducir una enorme tinaja de cristal con un espesor de codo y medio. Y ordené hacer en el fondo de la tinaja un agujero, suficiente para que pasara la mano de un hombre, porque quería descender y averiguar lo que había en el fondo del mar aquél. Desde el interior podía tener cerrado el agujero de aquella escotilla en el fondo de la tina, y al bajar abrir rápidamente para sacar la mano a través de la escotilla y coger del fondo de arenoso lo que encontrara en el suelo de aquel mar, y de nuevo retirar mi mano y al instante taponar el agujero. Así lo hice. Ordené hacer una cadena de trescientas ocho brazas y di instrucciones de que nadie me izara hasta que sintiera agitarse la cadena… (Pseudo Calístenes, p. 161-162).

Tras dos intentos fallidos Alejandro consigue bajar a unos 308 codos, pero, mientras observaba a los peces cómodamente desde su submarino, uno grandísimo lo arrastra junto con los hombres encargados de cuidar su esfera. Ya en la orilla, medio muerto de miedo, mientras agradece a la Providencia el haberse salvado, se dice a sí mismo: “Desiste Alejandro, de intentar imposibles, no sea que por rastrear el abismo te prives de la vida” (Pseudo Calístenes, p. 163).

 

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